Lo miré con suspicacia. Por un segundo pensé que era un impulso, una broma, la manera de hacer un punto para darme la posibilidad de cambiar.
Sostuve la mirada.
“Con vos, tengo demasiado laburo. No aguanto más”.
Bajé la mirada. Pensé que haciendo el clásico showcito de los ojos inocentes-sexy-arrepentidos desistiría de su decisión.
Nada.
Lo vuelvo a mirar.
“P, si vos no te cuidás, nadie más te va a cuidar, ¿sabés?
Lo sabía. No había opción de rebatir ese argumento tautológicamente perfecto. Por un momento pensé que me diría que podríamos seguir viéndonos, ser amigos, saludarnos cordialmente en algún encuentro casual. Pero tuve que detenerlo antes de que pudiera hacer tan patético comentario sólo para expiar su culpabilidad.
Después de todos los años juntos, las aventuras vividas, los secretos compartidos, los desafíos alcanzados, las lágrimas derramadas, los días de pasión, las noches de locura… me dejaba. Y nada de lo que yo hiciera podría cambiar el fatal desenlace que se aproximaba.
Quise llorar. Pero mis lágrimas, advertidas de no hacer aparición, se comportaron a la altura de las circunstancias.



